Intentando comprender lo incomprensible.

Violencia machista contra las mujeres

 

Flavia Limone Reina

Psicóloga social especializada en género

Sexóloga Terapeuta d pareja

 

Aquí encontrarás un primer acercamiento a la compresión del maltrato que sufren muchas mujeres a manos de sus parejas o ex parejas. Al final del artículo hay una breve recomendación bibliográfica. Sin embargo, hoy en día es fácil buscar en Internet y obtener mayor información.

 

1.- Género y poder. Un acercamiento psicosocial a la problemática de la mujer maltratada por su pareja o ex pareja.

 

La violencia contra la mujer ejercida por su pareja, ex pareja o hijos mayores se inserta dentro de lo que podríamos llamar “violencia sexista intrafamiliar”.

 

Entenderemos la “violencia sexista intrafamiliar” como la violencia ejercida por un@ de l@s miembr@s de la familia (o ex miembr@) sobre otr@(s) por razones de género. Si bien la violencia suele darse de arriba a abajo en las jerarquías socioculturales de poder intrafamiliar (es decir, de hombre a mujer, de adult@ a menor, de adult@ a ancian@) esto no siempre es así.

 

La principal causa de esta violencia está en las desiguales asignaciones de poder que socialmente se otorgan al género masculino y femenino (no necesariamente concordantes con el sexo macho/hembra como se explica más adelante) y en las distintas expectativas de comportamiento de acuerdo a la pertenencia a un género u otro. Es por ello que he preferido la denominación “violencia sexista intrafamiliar”. 

 

Así, cuando (según las estadísticas en una mayoría de casos) los hombres ejercen violencia sobre sus compañeras, lo hacen en la convicción de que tienen derecho a exigirle ciertos comportamientos que consideran esperables de ellas por ser mujeres (y por tanto, “femeninas”), como también, en la convicción de que les respaldan ciertas normas explícitas o implícitas sobre cómo debe y puede actuar un hombre (es decir, “masculino”).

 

En las relaciones homosexuales es donde se hace evidente que el género, y no el sexo, es el origen de esta violencia. Si los roles de una pareja lésbica u homosexual son rígidos y estereotipados como suelen serlo en las relaciones heterosexuales, las manifestaciones de violencia tienden a seguir el mismo patrón jerárquico de subjetividad de género masculina a subjetividad de género femenina. En las relaciones heterosexuales en que la violencia se da (ya sea como violencia psicológica, sexual o física) desde la mujer hacia el hombre, ella suele estar rompiendo –probablemente, en la creencia de que será temporalmente- la jerarquía socialmente asignada con la intención (consciente o inconsciente) de exigir por medio del maltrato, el “regreso” de su compañero a los comportamientos estereotípicos de su género (ejemplos claros de esto son aquellos en que la mujer maltratadora acusa a su pareja de “ser poco hombre” porque no gana suficiente dinero; “ser un debilucho” si está pasando por una depresión; humillarlo y cuestionar su hombría si padece disfunciones sexuales, etc.) .

 

Por razones similares, puede ocurrir la violencia sexista intrafamiliar de m/ padres a hij@s –“para que se haga un hombrecito y se comporte como tal”, “para que aprenda a ser una señorita y se comporte como tal”- o de hij@s adult@s contra sus m/padres ancian@s –“desde que murió mi padre, se comporta como una zorra coqueteando y saliendo”.

 

Lo dicho refiere a violencia sexista intrafamiliar de modo específico. Hay, por supuesto, también, otras causas de violencia al interior de una familia y múltiples variables, pero no son las que trataré aquí y ahora (por poner algún ejemplo, psicopatologías de algún miembro de la familia, estados depresivos, etc.).

 

2.- Dinámicas de relación hombre abusador - mujer maltratada.

 

Ahora bien, centrándonos en el tema específico que nos interesa, la particularidad del maltrato de un hombre hacia su compañera o ex compañera, es necesario puntualizar. No se trata, en la mayoría de los casos, de un hombre “enfermo”, que sufre una psicopatología o que pierde el control debido a adicciones, problemas personales, carácter irritable. En una alta proporción, se trata de hombres que sus conocid@s referirán como simpático, buena persona, amable, quizás algo distante o tímido, pero no necesariamente agresivo.  Una de las características relevantes de este maltratador es que no reacciona agresivamente contra personas que no considera inferiores. Por muy mal día que haya tenido, aunque esté drogado o alcoholizado, aunque tenga problemas económicos, no grita ni humilla ni golpea a sus empleadores, ni a sus amistades o colegas del mismo rango, ni a un guardia civil que lo detiene por calle. Agrede sólo a su mujer y/o a sus hij@s, agrede a quienes siente que tiene derecho y deber de “controlar”.  Por lo tanto, no hay pérdida de auto-control. Él sabe muy bien a quién maltrata. Algunos de estos maltratadotes, incluso, se cuidan de no golpear a su víctima –sino de aterrorizarla- o de hacerlo sólo en partes del cuerpo en que las marcas son visibles. 

 

En este sentido, es importante reiterar, por lo tanto, que en estos casos no nos encontramos frente a una patología, sino muy por el contrario, frente a una especie de “excesivo ajuste a la socialización de género”. Se trata de hombres que han introyectado la más extrema forma de masculinidad presente en nuestras culturas patriarcales: el hombre que no muestra sentimientos “femeninos” de compasión, debilidad, ternura, etc. y que ejerce absoluto control y poder sobre quienes ha aprendido a ver como inferiores. Un hombre que siente que debe mostrar su valía como tal “mandando” sobre las personas que dependen –y deben depender- de él.

 

Si bien no todos los maltratadores responden a este modelo, se ajusta a un importante número de ellos. Es necesario, entonces, que la mujer maltratada pueda tomar conciencia de que no hay  la presunta “pérdida de control” que lo hace aparecer como víctima de sus impulsos. La agrede porque necesita mostrar que es “superior” y nada que ella haga o deje de hacer evitará la agresión.

 

Por otra parte, hay muchos mitos referidos a las mujeres maltratadas. En la mayoría de los casos se trata de mujeres perfectamente “normales”. Al igual que en lo mencionado sobre los maltratadores, se trata más bien de personas “demasiado normalizadas”, demasiado apegadas a los estereotipos de género. Mujeres  que han interiorizado que “ser una buena mujer” significa dar prioridad a su relación de pareja sobre su bienestar personal y que el éxito en su vida afectiva es la medida de su éxito en general y de su ser mujer en particular. Mujeres que se sienten responsables de las relaciones familiares porque así fueron socializadas, para poner estas relaciones en el primer orden de prioridades, educadas en “ser para otr@s”.

 

No son mujeres masoquistas, no disfrutan la relación agresiva. Sufren con ella, pero se sienten responsables de lograr que su pareja cambie y cuando se dan cuenta de que la relación se ha vuelto progresivamente más dañina, ya están atrapadas. Están afectivamente atrapadas por dependencias emocionales y por l@s hij@s que pueda haber en común (porque también el constructo de familia tradicional es muy fuerte para ellas), aisladas de relaciones potencialmente contenedoras (el maltratador suele presionarlas para que se alejen de amistades y familia), dependientes económicamente (muchas veces las emplazan u obligan a dejar sus trabajos si los tenían o les controlan el dinero) y con sentimientos de culpa y baja autoestima debidos al maltrato psicológico constante que las lleva a desconfiar de sí mismas.

 

Uno de los datos que se maneja, a mi juicio con poco cuidado, es el de las experiencias de infancia en familias desestructuradas o en las que se han vivido malos tratos. Si bien es cierto que las estadísticas evidencian que hijas de  mujeres maltratadas o chicas maltratadas en su infancia son más proclives a aceptar los malos tratos de sus parejas una vez adultas y que hijos de maltratadores o chicos maltratados están más potenciados para ejercer el maltrato una vez adultos, los datos deben analizarse con detenimiento. La complejidad humana no se puede transcribir en números y estos suelen ocultar otros datos de igual o mayor relevancia. Se trata de un antecedente a considerar, pero no más que eso. Tod@s conocemos personas que habiendo sido maltratadas de pequeñas o habiendo crecido en una familia desestructurada han aprendido a detectar y a no tolerar agresiones y se han vuelto especialmente asertivas. Tod@s conocemos personas que han crecido en ambientes familiares bastante “normales” y establecen relaciones adultas de malos tratos porque tod@s hemos estado expuestos a la socialización patriarcal de nuestras culturas.

 

3.- El ciclo de la violencia sexista en la pareja.

 

La relación agresiva se describe muy bien en lo que se ha dado en llamar el ciclo de la violencia que, gráficamente se podría mostrar en una espiral. Este ciclo tiene tres etapas que se reinician circularmente y que cada vez toman menos tiempo en pasar de una a otra aumentando, además, el nivel de la etapa violenta:

 

-                     Acumulación de tensión: el abusador se muestra molesto e irritable. Hace críticas cada vez más fuertes, grita o insulta o se encierra en el silencio. La mujer pregunta qué ocurre y él suele contestar culpándola o evadiendo la respuesta.

 

-                     Explosión violenta: la tensión acumulada explota en una conducta agresiva por parte del abusador. Ella no entiende nada y asume que ha sido culpable de presionarlo, preguntar demasiado o no haber sabido detectar lo que le ponía de mal humor. Ella calla, pide disculpas o se muestra triste, deprimida y asustada.

 

-                     Manipulación afectiva (o “luna de miel”): el abusador se arrepiente o “justifica”  su conducta porque ve que su pareja sufre y se aleja. Siente temor de perderla y pide perdón, promete cambiar, se ocupa de mimarla y de realizar actividades que antes no hacía (cooperar activamente en el cuidado de la casa, invitarla a salir, etc.).

 

Poco a poco, durante esta fase de “luna de miel” siente que ella está ganando mucho espacio y que él ha perdido autoridad. Siente amenazado su rol de “jefe de la pareja” o “jefe de familia” y reinicia el ciclo al empezar a acumular tensión nuevamente.

 

El ciclo-espiral suele estar ya muy avanzado cuando la mujer acude a pedir ayuda. Normalmente, ella la pide cuando está en alguna de las dos primeras fases, después de haber vivido varias veces la misma situación y puede abandonarla al entrar nuevamente en la fase de luna de miel.

 

A quienes no han vivido malos tratos puede parecerles una conducta absurda, hasta tonta o masoquista que la mujer vuelva a confiar en su pareja o ex pareja a pesar de su experiencia. Hay, sin embargo, una analogía que resulta algo esclarecedora:

 

4.- La analogía de la ranita cocinada

 

...Si se lanza una rana a una olla con agua hirviendo se retorcerá de dolor, sufrirá y luchará por su vida hasta lograr saltar o morir. En cambio, si se tira una rana en agua fría a la que se le va aumentando gradualmente la temperatura, se acostumbra,  sin darse cuenta, al calor. No luchará hasta cuando el calor sea insoportable (o puede que ni siquiera lo haga), pero, entonces, ya no podrá saltar y morirá cocinada.[1]

 

Esta analogía, aunque muy dura, nos permite hacernos una idea del proceso por el cual una mujer “acepta” el maltrato. Ha sido socializada para creer que cuando los hombres se violentan y controlan es una señal de amor, que muchas relaciones de pareja son difíciles, pero que llegarán a ser ideales si ella es “una buena compañera”. Su pareja suele ser una persona muy seductora en los primeros encuentros y la escalada de abusos es sutil y casi imperceptible. Muchas veces ocurre que, cuando ella comenta estas dificultades con amistades y familiares (incluso algun@s psicólog@s y muchos sacerdotes), se encuentra con que le dicen que “todas las parejas tienen problemas”, “debe tener mano izquierda”, “intente comprender y que sólo el amor produce cambios” y hasta comentarios como: “algo habrás hecho para que se pusiera así”. En este contexto, aún si hay medios o personas que le hablen de malos tratos, ella no es capaz de ver que sí le está sucediendo y que no depende de ella sola el cambio.

 

Para terminar con cualquier forma de violencia sexista intrafamiliar es necesario que las partes involucradas deseen el cambio y puedan reeducarse en su comprensión de los roles de género hegemónicos. Este trabajo ha de hacerse por separado hasta que las cuotas de poder de la pareja consigan cierto equilibrio; no puede pretenderse mediación si existen desigualdades de poder.  Para que estas formas de violencia terminen (poniendo fin a la relación) cuando el deseo de cambio sólo es de la mujer, ella requiere no sólo reeducarse, sino tener los medios económicos, sociales, legales y psicológicos que le permitan seguir viviendo a ella y a sus hij@s, si l@s tiene. Si no cuenta con esto, la elección a la que se enfrenta es vivir en el terror permanente (y morir cada día un poco) o arriesgar la vida (propia y quizás de quienes ama) en un salto hacia el vacío. Es una elección demasiado difícil y muchas la posponen hasta que la vida decida por ellas.

 

Bibliografía recomendada

 

Corsi, J (1994). Violencia familiar. Una mirada interdisciplinaria a un grave problema social. Buenos Aires: Paidós

 

Ferreira, G.(1992): Hombres violentos, mujeres maltratadas. Aportes a la investigación y tratamiento de un problema social. Buenos Aires:  Ed. Sudamericana

 

Lorente, M y Lorente, J.A. (1998). Agresión a la mujer. Maltrato, violación y acoso. Madrid: Comares

 

Lorente, M (2001). Mi marido me pega lo normal. Barcelona: Críticas.

 



[1] Buscando en internet he encontrado dos referencias para este relato, pero ninguna coincide exactamente con el que ahora hago y que creo recordar. Una es de Gloria Steinem y la otra de  Oscar Gràcia.