Flavia

 

Regresando del instituto volvió a pasar  frente de la cristalera del café Mauri. Como siempre, se detuvo y comenzó su rutina: este tiene froma de volcán y su color es marrón intensamentente oscuro, suave y pegajoso al tacto. En la cima tiene una pequeña nube blanca que se destruye apenas la tocas y un gorrito rojo cual la bandera que indica que alguien ha llegado a su cima. A su lado, unas redondas y muy planas galletas de color beige con trozos de almendras que crujirían entre sus dientes mientras la suave masa se derretiría.

 

Los ojos saltan directos a los chocolates: muchos colores, formas y olores. Los sabe porque estos ya los ha probado todos. ¿Qué tal si hoy vamos por algo diferente? Es la época de los mazapanes. Analiza lentamente formas y colores; adivina olores. El vidrio le impide poner la sensible nariz cerca y jamás le permitirían tocarlos. Debe escoger, escoger sólo uno y comprarlo. Los más hermosos son las frutas, miles de frutas de diversos colores brillantes con un palito de orégano y unas hojas de papel. Las ha probado antes, pero fue el año pasado. De las de este año no sabe aún nada.

 

Entra en la tienda y pide la pequeña pera amarailla-anaranjada, va a la caja, paga y regresa por el preciado tesoro. En una pequeña cajita con el logotipo de la tienda, lo depositan en su mano que se despliega ansiosa, delgada y blanca enseñando la pequeña palma abierta como una flor que espera la caída del rocío.

 

Sale, se sienta en un banco de la Rambla, se pone muy cómoda. Deja sus libros a un lado y comienza el rito: abre la cajita y pone la pera sobre su mano. La mira, desliza los dedos nerviosamente por su superficie, la acerca a su nariz y la huele... ¡mmmm qué profundo olor a almendras y azúcar! Siente su peso y observa detenidamente los matices de color dibujados con pincel: una base amarilla y el naranja y el marrón deslizados con habilidad para que parezca una fruta madura. Juega con las hojitas verdes, pero no le interesan: carecen de olor –y sabor-. El palillo de orégano es duro y rígido. Lo saca y un poco del mazapán queda adherido a él. Se lo acerca a la nariz: ¡Dios mío, qué bien huele! El aroma es mucho más intenso sin la pintura. Vuelve a poner el palillo de orégano en su sitio, guarda la fruta en su cajita y parte camino a casa.

 

- ¡Hola, familia! Ya he llegado.

 

- ¡Hola, Consuelito! Estamos terminando de almorzar... ¿vienes?

 

- No, mami, gracias. Antes de venir he pasado por el Mauri y he comprado algunas cositas. Sabes lo golosa que soy. Te traje una perita de mazapán para que la comas como postre. Tomaré un café contigo. ¿Está mi hermano?

 

- Sí, ven. ¿Puedes traer la cafetera?

 

Se sienta a la mesa junto a su madre y su hermano que la mira, como siempre, con sospecha. Hace calor y su ropa es muy ancha y demasiada.

 

- ¿No tienes calor, Chelo?

 

-No. Siempre preguntas los mismo. Soy friolenta, lo sabes.

Jordi mira a su madre buscando un atisbo de entendimiento en sus ojos, pero ella no ve nada.

 

Consuelo sirve los tres cafés, dos de azúcar para Jordi, tres para la mamá y el de ella negro. Así le gusta. Pone frente a su madre la cajita. Ella la abre, extrae la pera, saca el palillo y las hojas. Apenas la mira. Dos mordiscos sonoros, crujientes. Consuelo puedo oirla masticar, la mira y su expresión le produce una mezcla de placer y asco.

 

- ¡Mmmmm es muy buena! Gracias, Chelito.

 

- De nada, mamá.