Flavia

 

Entramos a “Tierra Extraña” para buscar el regalo de Mavi. Estaría de cumpleaños al día siguiente y queríamos un regalo especial; la tienda nos gustaba y habíamos comprado ya muchas cosas ahí antes (toda nuestra habitación está decorada con muebles de “Tierra Extraña”).  Compramos un marco de fotos y un cuaderno de bellas hojas de papel reciclado y cubiertas de seda y mostacillas. Me gustó, un regalo hermoso para alguien creativo y lúdico como Mavi. Podríamos escribir algo en la primera hoja, algo que fuera una invitación a divagar por las páginas blancas y volar.

 

También necesitábamos una mesita para nuestra nueva planta, algo que hiciera que quedara más alta para que sus verdes hojas rasgadas llenaran de color la pared blanca. De pronto estaba ahí, un baúl casi cúbico (un poco más alto que ancho) de madera natural un poco envejecida y cerradura de fierro negro como el resto de las uniones de cada esquina. Nos sedujo de inmediato, sin ningún esfuerzo. “Mejor que la mesa”, pensamos. “Podemos guardar cosas dentro” y es de verdad bonito. “Estamos tan cerca, que lo llevamos nosotros mismos ahora”.

 

Cargamos el baúl  y la bolsa con los regalos hasta la casa. Llegamos arriba sin aliento (“primer piso”, leí como siempre, y volvió a parecerme muy humorístico esto de que los españoles llamen primero a un piso que, en realidad, es el tercero) y descansamos mientras buscábamos las llaves.

 

La bolsa al suelo y el baúl derecho a su sitio. Corrí la planta hacia el lado y lo abrí: olía a bosque y su textura rugosa era un regalo para los dedos. Dentro, un par de saquitos de esos que introducen para mantener las maderas secas. “¿Y ahora qué pongo, qué pongo aquí que necesitemos poco para no tener que mover la palmera cada vez que quiera introducir o sacar algo?” Recordé, quizás por qué, aquel pequeño cuento de Galeano sobre la mujer que coleccionaba palabras en cajitas separadas, de diferentes colores y pensé “¿Por qué no? ¿Por qué no colecciono palabras? Las que me gustan, que me suenan tan bien (sonó en mi mente “horcajadas”, “murmullo”, “cadencia”, “compañero”, “cómplice”), las que me apasionan (“libertad”, “pasión” –¡cómo no!-, “insubordinación”,  “revolución”, “sexo”), las que me divierten (“rigor”, “oblicuo”, “monóculo”, “intelectual” –o como decía el dominicano ebrio: “telectual”, que no refiere alguien que carezca de algo, sino todo lo contrario-, “íncubo”), las que me asustan (“golpe”, “disciplina”, “embolía”, “intolerancia” –y “tolerancia” que me huele a dejar suspendida la falta de respeto para más tarde-)... ¡ya las descubriré! Todas, las quiero todas. 

 

Cada noche recortaba  las palabras que me gustaban del periódico, revistas, e mails, envases, etc.. No corté las que venían en cartas de papel –habría sido un crimen-, pero las copiaba en el ordenador y las imprimía. Luego pegaba las palabras sobre un cartón y las guardaba en mi baúl.

 

Eran pocas, pero al cabo de unos meses ya tenía suficientes para escribir con ellas (claro, un telegrama; nada de artículos, ni preposiciones, ni conectores, pero podría haber escrito). Entonces, comencé a abrir el baúl dos veces al día: por las noches introducía mis nuevas palabras; por las mañanas sacaba dos y vivía el día atenta a la cantidad de eventos que podían relacionarse con esas palabras. La planta murió (creo que la regué demasiado) y ya no puse nada sobre el baúl. Comencé a inventar palabras nuevas, palabras que no estaban en ninguna parte. Me sorprendí descubriendo la cantidad de veces que la gente las usaba sin decirlas: largas frases, inmensas explicaciones que se podían decir con una sola de esas extrañas palabras.

 

Pensé que cuando muriera, alguien encontraría el baúl lleno de palabras y confirmarían lo que todos sabían hace tiempo. Mis hijos dirían “Sí, así era mi mamá; estaba un poco loca”, pero, en secreto, con la excusa de que era hermoso y útil para guardar cosas de poco uso, alguno de ellos se llevaría el baúl a su casa, tal vez botaría mis viejas palabras, tal vez las dejaría allí y comenzaría a poner sus propias palabras. En fin, que la locura se hereda y lo que se hereda no se hurta. Y vería el mundo de otra manera y sería feliz con sus palabras cotidianas... “Cotidianeidad”, tengo que recortar esa palabra.