Una aproximación teórica a la comprensión del machismo

Flavia A. Limone Reina

Introducción

 

Como ante cualquier fenómeno social que nos preocupa y que deseamos erradicar, el primer paso para iniciar el camino hacia la desaparición del machismo es comprender cómo y por qué se produce y reproduce. Este artículo es un intento teórico de aproximarse a las causas del machismo. Se pondrán en juego tres fuentes principales que parecen alimentarlo -ideologías, valores y emociones- y se analizará su interacción en el marco de una perspectiva de psicología social construccionista. Para hacerlo, ofreceré definiciones, propondré delimitaciones con conceptos afines y exploraré el modo en que se relacionan para dar lugar a lo que llamo “machismo” diferenciándolo del sexismo y el patriarcado.

 

Este artículo fue presentado como comunicación en el XIII Congreso Nacional de psicología social (Málaga) en el año 2003. La siguiente versión corresponde a una revisión hecha en octubre de 2005 para esta web.

 

Discusión

 

- Machismo, sexismo y patriarcado. Sistema sexo/género

De acuerdo al Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española el machismo es: “actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres” (RAE 1992: 910). Según esta definición sólo los hombres podrían ser considerados machistas. La definición de machismo que propongo es un poco más amplia y entiendo por tal un comportamiento en que las actitudes, acciones y discursos son coherentes con el sistema sexo/género (S. s./g.); un sistema social en que hombres y mujeres forman  dos grupos desiguales([1]). Cada grupo constituye un género y ambos están jerárquicamente organizados de tal manera que los hombres son quienes detentan el poder y las mujeres son subordinadas.  Cada grupo constituye un género polar y complementario del otro y ambos están jerárquicamente organizados de tal manera que los hombres son quienes detentan el poder y las mujeres son subordinadas. Esta jerarquía es causa y consecuencia de la valoración que se hace de las características asignadas a cada género y las capacidades que estas confieren a cada uno. 

Vistas así las cosas, el machismo no sólo lo evidenciarían los varones (y no todos ellos) sino también algunas mujeres. Es decir, todos aquellos que aceptan las creencias del patriarcado y se comportan en consecuencia.

 

Me interesa la distinción entre machismo y sexismo que se lee entre líneas en el Diccionario Ideológico Feminista de Victoria Sau. Para ella, “el machismo lo constituyen aquellos actos, físicos o verbales, por medio de los cuales se manifiesta de forma vulgar y poco apropiada el sexismo subyacente en la estructura social (...). El machista generalmente actúa como tal sin que, en cambio, sea capaz de <<explicar>> o dar cuenta de la razón interna de sus actos. Se limita a poner en práctica de un modo grosero (grosso modo) aquello que el sexismo de la cultura a la que pertenece por nacionalidad y condición social le brinda” (Sau, 2000: 171).

 

Del sexismo, Sau dice que es el  “Conjunto de todos y cada uno de los métodos empleados en el seno del patriarcado para poder mantener la situación de inferioridad, subordinación y explotación del sexo dominado: el femenino.” (Sau, 2000: 257). En otras palabras, si el machismo es comportamiento; el sexismo es método, estrategia. Es por esta misma razón que, en mi propuesta, el machismo se vincula a las relaciones (inter)personales cotidianas menos explícitamente reguladas y el sexismo con lo institucional. Aquí, en las instituciones, es donde suelen formularse, implícita o explícitamente, los “reglamentos de funcionamiento del S.s/g.”. Se trata pues, del meso nivel del sistema y, en el sentido histórico, probablemente sea su nivel instaurador. (Cucchiari,1996; Vendrell Ferré, 2003).

 

El patriarcado propongo definirlo como el imaginario social, el conjunto de creencias  que, dando lugar a “verdades rectoras”, nutre tanto al sexismo como al machismo (y que es reforzado y sostenido por las acciones que en ellos se producen como si se tratara de un magma de sedimentación). Es decir, se trata del nivel más macro, abstracto y simbólico de sistema.

 

En mi propuesta, por tanto, estos tres subsistemas actúan en constante interrelación como parte del sistema sexo/género patriarcal (S. s/g.). Rubin (1975) define el (los)([i]) S. s/g. como “un conjunto de disposiciones por el cual la materia prima biológica del sexo y la procreación humana son conformadas por la intervención humana y social y satisfechas en una forma convencional, por extrañas que sean algunas de las convenciones” (Rubin en Lamas, M., 2003:94).

 

De modo gráfico, esto podría representarse como en la siguiente figura:

 

 


                                       

                                                   Patriarcado

                                                   

                                                     Sexismo                                                                                                            

                                                                                                                      S. s./g.

                                                    Machismo                                              

                                                          

 

 

 

 

 

 

 

 

Ahora bien, al contener el S.s./g. aspectos de imaginario social, metodología y comportamiento, se evidencia a través de ideología y “verdades rectoras”, discursos (de cualquier nivel) que idealizan([ii]) o menosprecian a las mujeres, prácticas socio-institucionales como la discriminación salarial, la prohibición del acceso de las mujeres a ciertas actividades o instituciones, la relegación de las mujeres al ámbito privado, la violencia conyugal y variadas formas de discriminación y dominio “domésticas” cargadas de emociones. En este sentido, creo que hay tres aspectos relevantes de estudiar: ideología, valores (y normas ligadas a ellos) y emociones.

 

- Ideología

Definir la ideología resulta muy complejo. Es por esto que hay múltiples definiciones diferentes.

 

Se puede entender el patriarcado como una ideología si se acepta la siguiente definición de la misma: "la base de las representaciones sociales compartidas por un grupo" (van Dijk, 1999: 23).  El grupo al que me refiero, está entonces constituido por quienes comparten la creencia de que hombres y mujeres son desiguales y, en general, las “verdades” del S. s./g..

 

De acuerdo a Coddeta (1990) una ideología cumple funciones en tres niveles, a saber, el cognoscitivo (puesto que simplifica la realidad para facilitar así su interpretación), el afectivo (ofreciendo apoyo y elementos de comprensión en situaciones de crisis) y  normativo (orientando el comportamiento político). Esto explica, también, que las ideologías sean tan difíciles de deconstruir puesto que producen una sensación de seguridad y marco de acción conocido.

 

La ideología, según Eagleton (1991) se relaciona con la legitimación del poder de un grupo social dominante. Este proceso de legitimación involucra, por lo menos, estas estrategias:

-promover creencias y valores que le son convenientes

-naturalizar y universalizando tales creencias para hacerlas aparecer como autoevidentes y aparentemente inevitables

-denigrar las ideas que lo desafían

-excluir formas rivales de pensamiento tal vez de forma tácita, pero sistemáticamente lógica

-obscurecer la “realidad social” de maneras convenientes para sí mismo.

Estas estrategias interactúan de maneras complejas. Sin embargo, otros autores (van Dijk, 1999) difieren en depositar las ideologías exclusivamente en los grupos dominantes y reconocen como ideológicas las organizaciones de las minorías para subvertir las de los grupos dominantes. Así, las ideas feministas también constituyen una ideología: una ideología de resistencia.

 

La ideología patriarcal contiene ciertas creencias que voy a enumerar, al menos someramente([2]):

 

-         Los hombres son racionales mientras que las mujeres son emocionales.

-         Los hombres están más capacitados para la vida pública y las mujeres más dotadas para la vida afectiva y privada.

-         Los hombres son más activos y las mujeres más pasivas.

-         Los hombres son más agresivos y las mujeres más pacíficas*.

-         Los hombres tienen grandes necesidades sexuales mientras que las mujeres tienen poco o nulo apetito sexual (las mujeres aman, no desean)*.

-         Los hombres son físicamente fuertes mientras las mujeres son débiles.

-         Los hombres son ambiciosos; las mujeres, conformistas*.

-         Los hombres son egoístas mientras que las mujeres son abnegadas y sacrificadas*.

-         Los hombres son psicológicamente fuertes y las mujeres, vulnerables.

-         Los hombres son dominantes y las mujeres son sumisas*.

-         Los hombres son independientes; las mujeres, dependientes.

 

Estas y otras creencias se manifiestan y reproducen en las prácticas sociales sexistas y machistas ya sea mediante acciones o bien, mediante discursos que buscan mantenerlas estables e incuestionables.

 

-Emociones y afectos en general

Se han hecho múltiples distinciones entre afectos, emociones, sentimientos, sensaciones y pasiones (sólo por pensar en algunos de los términos relacionados) y se han impuesto algunas: “la Emoción se ha ido reservando para los momentos afectivos que son puntuales y fuertes, lo cual concuerda con su etimología vinculada al movimiento, y el Sentimiento ha quedado para los estados afectivos duraderos” (Gil, 2000:31). Pensando en el símil médico, la emoción sería aguda, en tanto el sentimiento sería crónico.

 

Debido a la forma en que entiendo el machismo –y a que es éste el objeto de esta comunicación- y cómo lo distingo del sexismo y el patriarcado, me centraré en las emociones que ocurren en el momento puntual de la interacción entre dos o más personas en, por ejemplo, una conversación, debate, agresión o en la creación de un discurso escrito (al micro nivel de las interacciones humanas). Sentimientos y otros afectos más estables pueden estar también en curso, así como otros elementos. Sin embargo, el gatillo que activa los comportamientos machistas parece ser, siguiendo el hilo de este razonamiento, de tipo emocional. Volveré a esta discusión más tarde, para complicarla con un algún otro concepto. Por ahora, me centraré en las emociones.

 

De acuerdo a Pablo Fernández (2000) los afectos –él no hace distinciones- son sensaciones, situaciones que no se pueden decir (cuando se dicen se traicionan) y que, por lo mismo, han quedado fuera del interés científico. Cuando han sido estudiados, se ha hecho considerándolos como otra cosa: como conductas, efectos, funciones, etc, desvirtuándolos.

 

Los afectos son impensables, sólo se viven. Se trata, simplemente, del aviso de que algo que nos toca está sucediendo. Son, por lo tanto, indiferenciados y no se distinguen bien entre sí. (Para muchas sensaciones, podemos usar adjetivos que no se corresponden exactamente con el origen “perceptivo” de las mismas. Un color puede ser fuerte; una visión, dulce; una música, cálida, etc.). Al poner en palabras un sentimiento lo que se hace es poner en juego toda la construcción que se ha hecho de ellos, pero no se logra referir más que a las palabras y no a las sensaciones que experimentamos.

 

Desde ya, entonces, reconozco que esta comunicación traicionará en muchos aspectos la vivencia del sentir (sentimientos), del estar afectado (por afectos), del padecer (pasiones)([3]).

De todo lo dicho –no sólo aquí, sino durante mucho tiempo- acerca de las emociones podríamos tener la tendencia a entenderlas como algo que ocurre en privado, en el interior de una persona y que descarta todo aspecto “racional”. Muy por el contrario, subscribiendo el socioconstruccionismo, me atrevo a decir que las emociones siempre ocurren en relación a otras/otros -sea que estén presentes o no- porque se han construido en el marco de lo social, en la interacción. Hemos aprendido qué y cómo debemos sentir durante nuestra socialización. No tienen interior ni exterior posible porque en las emociones el “perceptor” está disuelto en el “percepto” (Fernández, 2000) y dado que se han construido en la interacción, contienen elementos racionales y no son puramente instintivas, lo que se hace evidente en el mero hecho de entenderlas como emociones y no como una sensación sin nombre (Gil, 2000).

 

- Valores

Un elemento del que sospecho íntima relación con los sentimientos y emociones, así como con las ideologías, son los valores. Son creencias evaluativas acerca de lo deseable y lo indeseable, tienden a persistir en el tiempo y no se relacionan sólo con las necesidades del momento. Adquieren formas distintivas en las distintas culturas (Kluckhohon, 1971).

 

Los valores poseen elementos afectivos, cognitivos y conductuales.

 

La relación entre valores y emociones se da en la medida en que hemos aprendido, por medio de nuestras interacciones, qué cosas son deseables y cuáles no. Este aprendizaje no es nada ingenuo y responde a las ideologías dominantes en la cultura en que se produce nuestra socialización y desarrollo cognitivo y afectivo. Así, por ejemplo, aprendemos que ciertas cosas son sucias y malas –valores- y asociamos a ellas emociones como la repulsión([4]). De este modo,  nuestros sentimientos y emociones tienden a ser consistentes con los valores que profesamos y que, a su vez, responden a las ideologías de nuestra cultura.

 

En el caso del S.s/g. se da la complicación de que las normas son diferentes para cada género; por lo tanto, los valores (valoraciones) son también diferenciales (lo que afecta el modo de emocionar y las ideologías). Basta pensar en las diferentes interpretaciones de “honestidad”, “fortaleza”, “bondad”, etc. aplicadas a hombres o mujeres.

 

Ahora puedo complicar la discusión que dejé pendiente al inicio de este apartado. Esto es, recordando la relación entre patriarcado, sexismo y machismo, ahora  puedo agregar la visualización de valores, ideologías y emociones dando prioridad a manifestación de las ideologías en lo macro (patriarcado) y a la de las emociones en lo micro  (machismo).

 

Los valores, funcionarían, en esta aproximación teórica, como elemento de relación, como nexo, entre ideologías y emociones (y viceversa). Esto se vería ahora, gráficamente, así.

 

                                                     Patriarcado

Ideologías                                 

                                                     Sexismo                                                                                                                        

                                                                                                           

Emociones

                                                     Machismo

                                                

 

 

 

 

 

 

 


                                                   Valores

 

 

Es posible plantear un cuestionamiento a esto: ¿cómo podemos decir que alguien “es machista” si esto refiere a un comportamiento que responde a una o algunas emociones y no a una característica estable y duradera? ¿Por qué usamos el verbo “ser” y no el “estar”? Pues del mismo modo en que decimos que alguien “es miedoso” o “es alegre”. Sus conductas machistas (o “miedosas” o “alegres”) se reiteran con frecuencia ante situaciones que las estimulan. Esta tendencia (la de usar el verbo “ser” y no “estar”) responde a la necesidad que tenemos de hacer del mundo un lugar estable y, consecuentemente, suponer que la gente tiene una “personalidad” definida y duradera.

 

Conclusiones

 

He intentado analizar, es decir, ver los asuntos que me interesan, artificialmente separados, pero sabemos que en cuanto vivencias, las experimentamos como un todo indiferenciado. De este modo, ideologías, valores y emociones, de una parte, y patriarcado, sexismo y machismo, de otra, (y, probablemente, otros elementos no analizados aquí) interactúan entre sí formando un todo vivencial imposible de separar en la experiencia. Sin embargo, el artificio del análisis nos provee de una aproximación teórica que podría explicar el por qué del machismo (que no del S. s/g.) entendido como un comportamiento que responde a una serie de emociones que tienen explicación en los aprendizajes al interior de una cultura determinada con sus valores e ideologías. Esto significa que dichos aprendizajes podrían ser modificados –eliminando consecuentemente el machismo- o no reproducidos en futuras generaciones, si modificáramos aspectos ideológicos y valóricos de la cultura([5]).

 

No hay forma de eliminar el machismo sin tocar el sexismo y el patriarcado; el S. s./g. al completo (con sus dos sexos/dos géneros/dos orientaciones de deseo sexual –ambas hetero-) debe ser desmantelado para poner fin al machismo. No basta sólo con castigar formas explícitas como la violencia de compañeros o ex compañeros contra las mujeres; esto es apenas la punta de iceberg. Un gobierno paritario como se ha intentado ahora en el Estado Español; un cambio en la educación; la ley de matrimonio homosexual y muchas de las nuevas estrategias comienzan a marcar un mejor camino hacia la deconstrucción del sistema.

 

A mi entender, es necesario atacar las creencias sostenidas por el patriarcado, romper con el imaginario social y con la homogenización al interior de los géneros, para permitir que la diversidad se exprese entre personas y no entre categorías: se quebraría así (no sólo) la ideología patriarcal. Han de cuestionarse y cambiarse las normas institucionales ligadas a valores diferenciales para cada uno de esos dos géneros y romper (no sólo) el sexismo. Han de modelarse nuevos comportamientos (inter)personales y comenzar a cuestionar afectos y sus manifestaciones (celos, amor romántico, amor maternal, etc.) para poner en crisis (no sólo) el machismo.

 

 

Referencias bibliográficas

 

Codetta, C. (1990).               La ideología política del Venezolano. Caracas: Coediciones Universidad Simón Bolívar.

 

Cucchiari, S. (1996).             La revolución de género y la transición de la horda bisexual a la banda patrilocal: los           origenes de la jerarquía de género.                                                                                           En Lamas, M. El género. La construcción cultural de la diferencia sexual. México: UNAM/PUEG

 

Eagleton, T. (1991).              Ideology: an introduction. London: Verso.

 

Fernández, P. (2000).           La afectividad colectiva. México D.F.: Taurus.

 

Gil, A. (2000).                       Aproximación a una teoría de la afectividad. Tesis doctoral. Departament de Psicologia de la Salut i de Psicologia social. Universitat Autònoma de Barcelona.

 

Kluckhohon, C. (1971).       El estudio científico de los valores. En R. Zúñiga (ed): Instinto, motivaciones, valores e ideología (107-162). Valparaíso: Ed. Universitarias de Valparaíso. Serie Reimpresiones. Psicología social.

 

Real Academia Española(1992). Diccionario de la Lengua Española. Vigésima primera Edición.

 

Rokeach, M. (1973).             The nature of de human values. New York: The Free Press.

 

Rubin, G. (2003).                  El tráfico de mujeres: notas sobre la “economía política” del sexo. En Lamas, M.(2003) El género. La construcción cultural de la diferencia sexual.                                                       México: UNAM/PUEG

 

Sau, V. (2000).                       Diccionario Ideológico feminista. Barcelona: Icaria.

 

Van Dijk, T. (1999).              Ideología. Una aproximación multidisciplinaria. Barcelona: Gedisa.

 

Vendrell Ferré, J. (2003).    Del cuerpo sin atributos al sujeto sexual: sobre la construcción de los “seres sexuales”. En Guash, O. y             Viñuales, O. Sexualidades. Diversidad y                                                    control social. Barcelona: Bellaterra

 



[1] Utilizo el término “desigual” como opuesto a “igual” apuntando así a necesidades, derechos, oportunidades, etc.  El  término “diferencia” no tiene la misma connotación de falta de equidad que el término “desigualdad” (Sería otra larga discusión que aquí no cabe, el por qué tampoco comparto la idea de que somos grupos diferentes más allá de las razones culturales para ello)

[2] Hemos de considerar que las mujeres, en la cultura patriarcal, están divididas en dos grupos: las “buenas” y las “malas”. Lo que esta lista describe son “las buenas mujeres”; las “malas” carecen de estas características o presentan, justamente, las contrarias. He marcado con asteriscos, las características femeninas que sufren más directamente esta dicotomía y sería fácil hacer el ejercicio de invertirlas para pensar en cómo son, según esto, las “malas mujeres”.

[3] Es importante, sin embargo, saber que esto ocurre con cualquier fenómeno, no sólo con los afectos. Al decir, por ejemplo, “silla” y provocar la evocación de dicha imagen en el/la oyente ya hemos perdido muchos elementos de la silla concreta que nosotros hemos observado. Así es con los signos (baste recordar a De Saussure). A pesar de ello, entiendo que con los afectos, el problema es aún mayor.

 

 

[4] Esto es diferente en las distintas culturas y así como la mayoría de los occidentales solemos ver en una serpiente o un ratón un motivo de asco y repulsión, personas de otras culturas ven un manjar para la cena; aprendemos que lo débil y desprotegido debe producirnos ternura y deseos de protección bajo el valor de la compasión; en otras culturas, lo débil y desprotegido produce desprecio.

[5] Por razones de  limitación espacio temporal han quedado sin analizar, por ejemplo,  las emociones concretas que se suelen observar en el machismo –aspecto que he tratado en un artículo, realizando análisis de discursos machistas tomados de internet- y muchísimos puntos que son motivo de interés para posteriores investigaciones.



[i] No todos los S.s./g. responden al modelo patriarcal aunque estos sean los más extendidos y conocidos. En este trabajo toda referencia a “sistema” o S.s/g remite al S.s/g patriarcal.

 

[ii] Puede resultar curioso para quien no ha estudiado el tema, pero las idealizaciones de “la mujer” como ser noble, angelical, puro, bueno, etc. son, por supuesto, muy eficientes para la ideología patriarcal. Por otra parte son estas mismas características idealizadas, las que permiten menospreciar a las mujeres como débiles o como carentes de las necesarias para el ámbito público concebido como “ masculino”.