Gracias a Silvia de Béjar que, con su libro “Tu sexo es tuyo”, me susurró la lista de ingredientes para la alquimia de este breve relato.

Flavia

 

Aprieta el paso tanto como puede e intenta ir por donde haya más luz. Duda entre hacer el camino más corto y llegar pronto a casa o tomar el otro, más largo, pero más transitado. Hará esto último; si algo grave ocurre alguien podrá tenderle una mano. El bastón no ayuda mucho, va tan lento que el tipo puede seguirle sin hacer ningún esfuerzo. Siente su corazón acelerado, el sudor y las piernas débiles, ateridas. ¡Maldita su terquedad! Su hijo tenía razón. Debió haberse ido antes, pero hacía tanto que no conversaba con él y viven tan cerca… sólo tres cuadras separan una casa de de la otra. Tampoco podía acompañarlo como solía hacer cuando se iba muy tarde: su nieto pequeño dormía y su nueva nuera estaba haciendo turno de noche en el hospital. Si al menos Javierito hubiera estado en casa de su padre y no en la de su mamá. Con sus dieciocho años él podría haberle acompañado. Su nieto grande, su nieto fuerte. Probablemente no, seguro que él mismo hubiera dicho que no; no le gusta sentirse anciano y si Javier tiene que acompañarlo a casa siente que ya no es un hombre, apenas la sombra de lo que fue. 

 

La calle se hace más estrecha y huele a orín. Un par de gatos enfrascados en lo que no sabe si es una pelea o un asunto erótico están en la esquina haciendo ruidos. Una pareja pasa abrazada por la acera del frente, pero ni lo han visto. Son jóvenes también y caminan velozmente. No hace mucho calor, pero la noche debe estar húmeda: la camisa se le ha pegado a la espalda. Los bares están cerrados y el metro dejó de circular hace unas dos horas. ¿Cómo es posible en una ciudad tan grande? Además, no tendría sentido tomar el metro. La próxima estación lo dejaría igual de lejos de su piso, sólo que en la otra dirección y allí el camino es más solitario aún. Ni siquiera se ve un taxi.

 

Mi Dios, si este chico quiere asaltarme lo tiene tan fácil ¿Qué podría hacer yo? ¿Darle un par de bastonazos?, ¿gritar? Tal vez hasta me mate... Tengo que tranquilizarme, quizás sea sólo un chiquillo de estos modernos: mal vestido, desordenado, pero un buen chico en el fondo; tal vez sigue por casualidad mi camino y ni siquiera me ha visto. Sin embargo me mira, siento su mirada como un puñal en mi espalda. A ver si me relajo o le doy el trabajo hecho en bandeja. Si me caigo desmayado aquí mismo le será más sencillo robarme. ¡Mala suerte la mía! Otros hombres a los 70 son todavía bastante fuertes, pero esta maldita enfermedad... aún así no podría hacerle frente: es un hombre y es joven... ¡Qué injusticia de la vida, ahora soy vulnerable sólo por mi cuerpo, sólo por mi forma! Se lo pensaría dos veces antes de seguir a otro de su edad y de igual condición física. Ni siquiera es muy fornido. Me ha elegido porque soy viejo, porque la sociedad menosprecia a los viejos, porque carezco de su fuerza física y de su velocidad al correr. Me ha elegido porque mi apariencia me delata, porque si me ataca y yo  hago una denuncia,  la primera pregunta que me harán en la comisaría será que hacía yo solo por las calles a estas horas de la noche. Seré yo el culpable, el irresponsable, el que provocó la agresión por falta de prevención. Viejos que damos problemas por no asumir lo que somos, por no quedarnos en casa viendo la televisión y regando las plantas. Por no saber aceptar nuestro lugar en la sociedad.

 

Una extraña y vaga sensación acompaña el miedo. No logra descrifrarla.

¿Qué me recuerda todo esto? ¿De dónde vienen estas espectrales imágenes que me inquietan aún más?... Esta calle, era esta calle. Una noche que salí a comprar tabaco cuando tenía unos veintitrés años, así, casi a la una de la madrugada. Entonces yo no tenía miedo de caminar en la noche oscura y solitaria, entonces la vida era más tranquila, había menos delincuencia. También es cierto que yo era más joven; era fuerte y seguro de mí. Ella estaba en esta misma esquina, joven, hermosa y no había nadie más. Comencé a seguirla y percibí su temor. Me gustó su olor, no recuerdo mucho más... era guapa, eso lo sé, pero ahora no sé más, no sé cómo era. Me acerqué lento como si sólo fuera en su misma dirección y le lancé el piropo. Un poco vulgar tal vez, pero yo era joven y creí que era un piropo... a las mujeres les gusta que las encuentren atractivas. Cuando llegué a su lado, le volví a decir lo mismo, pero al oído. Se volvió, me miró con ojos de pavor y aceleró aún más el ritmo de sus pasos, pero alcancé a agarrar uno de sus pechos jóvenes, turgentes, erguidos y tan suaves cubiertos sólo por el vestido de seda. Ella corrió y yo me fui caminando lento de vuelta a casa, orgulloso de mi hazaña, pensando en contarla a mis amigos y sintiendo todavía la forma de su seno en mi mano. Casi puedo sentirla ahora otra vez.

 

Ya casi llego. El tipo sigue detrás mío. ¿Querrá entrar a mi casa, robarme cuando meta las llaves en la puerta o peor, asaltarme dentro, llevarse todo y dejar que me muera solo del ataque me va dar...?

 

Se detiene ante la puerta del edificio y el joven se queda quieto.

¡Por Dios, no hay nadie cerca!

 

- ¿Necesita ayuda, abuelo? ¿Se siente Ud. bien?

 

¿Y ahora qué? ¿A qué espera para sacar la navaja? Pensará que ni le hace falta.

 

- Todo bien, joven, gracias.

 

Entra en su piso y cierra con doble llave, como siempre dijo su difunta esposa que debían hacerlo y como él siempre olvidaba; como hacía su madre cada noche en esa misma casa que antes fue de sus padres.

 

Se tiende en el sofá y respira. Le parece que no ha respirado en todo el recorrido. Siente su pulso acelerado.

 

¡No ha sido nada!  Un gran susto y ya pasó... ¿por qué me siento tan mal?... Es el miedo, el pulso acelerado, es sólo eso. Prepararé una tila, caminaré un rato dentro de casa y me iré a la cama... Hay algo más, me siento mal conmigo, me siento enojado... culpable.

 

La imagen vuelve a aparecer como una ráfaga de viento frío que le produce un estertor.

 

¡La chica, aquella chica! Si fuera joven de nuevo, si entonces hubiera sabido de la indefensión y del temor, de saberse siempre expuesto, siempre débil, siempre en manos de otros; esos otros: los hombres, hombres jóvenes, hombres fuertes ante los que uno ahora –y ellas siempre- es una presa tan fácil... si lo hubiera sabido entonces…”