Lo esperaba. Estaba ansiosa de ver a mis admiradas Elvira Lindo, Rosa Montero o Maruja Torres (imagino que puede que a alguna de ellas no les haga gracia que las admire por igual) alzar la voz para decir lo que vengo repitiendo desde hace algunos días.

 

Elvira Lindo me ha dado el gusto y con casi mis exactas palabras: soy mujer, soy feminista, no simpatizo ni un ápice con el PP y, sin embargo, me duele el estómago cuando veo a mujeres con similar descripción actuar como zombies y no como personas inteligentes. ¿Por qué? Porque su militancia política es más fuerte que su capacidad crítica.

 

Elvira ha escrito en su columna del 21 de mayo de 2003 casi todo lo que yo he estado explicando por estos días. Casi, porque dejó de lado un “detallito”.

 

El libro de Hernán Migoya es ficción, es irónico y ridiculizador; con una inteligencia media eso puede entenderse. La obra no tiene por qué retirarse de las librerías. Sin embargo, las declaraciones del autor fueron del tipo: “soy misógino y estoy orgulloso de serlo, es algo muy sano” o “(mi libro es una) apología de la violación”. Estas declaraciones estaban orientadas a ganar publicidad, a generar polémica y a posicionarse como “escritor maldito”; no son ficción y sí constituyen delito. Promover el odio hacia las mujeres (misoginia) o hacer apología de la violación, son delitos. Es a él a quién debió sancionarse por esas declaraciones y no a su libro ni mucho menos a Miriam Tey con quien, ya digo, personalmente no simpatizo por sus ideas políticas.

 

Miriam Tey ha pagado por ser mujer del PP y porque, desgraciadamente, no supo valorar que un escritor no sólo debe ser bueno escribiendo, sino debe ser una persona madura capaz de venderse sin tener que recurrir a jugarretas de crío de guardería.

 

Flavia Limone Reina