Desde hace demasiado tiempo venimos viviendo como si lo masculino fuera “lo normal” y lo femenino, lo desviado, lo patológico, lo diferente… lo otro.

 

Ser hombre ha estado considerado como “ser”, como lo que no requiere definición porque se ha entendido como la norma.

 

Así como nadie siente que tenga que explicar por qué es heterosexual y, sin embargo, hasta las personas más “progres” se pillan explicando la homosexualidad; así como nadie se pregunta por qué está sano, pero sí por qué ha enfermado, del mismo modo, hasta hace casi nada, no había mucha gente interesada en explicar qué es eso de “ser hombre”. Como ser hetero ha sido, simplemente, no “estar marcado” como homosexual; como estar sano ha sido, simplemente, la ausencia de enfermedad; ser hombre ha sido, sencillamente, no ser “afeminado”.

 

La salud misma se ha asociado con lo masculino. Toda una literatura, cinematografía y un amplio etc. nos permite observarlo: heroínas débiles que se desmayan ante un impacto emocional y deben ser reanimadas con sales, románticas tísicas, mujeres enloquecidas por amor o  modelos delgadísimas y pálidas que parecen recién salidas de un largo y malnutrido encierro.

 

Esto, hoy, comienza a cuestionarse. La investigación social se interesa en analizar la masculinidad y  sus efectos sobre hombres y mujeres. Se plantea que no es precisamente sano hacer caso omiso del dolor, porque se paga por ello un precio altísimo (puede, incluso, costar la vida). Se reconoce que la violencia se agudiza y puede llegar a ser patológica (y mortal) con la socialización a que están expuestos los chicos. En consecuencia, resurgen, evaluadas positivamente, algunas de aquellas características que el patriarcado ha definido como femeninas y, por tanto, ha despreciado: mostrar emociones, hablar del dolor, cuidar de otros seres vivos, pedir ayuda en situaciones difíciles, buscar consenso en lugar de imponerse, etc.

 

Debiera ser obvio, pero parece necesario decirlo: las características que se han designado como masculinas o femeninas son características humanas. Todas las personas podemos y necesitamos desarrollarlas, independientemente de nuestro sexo. Necesitamos aprender a  ser personas completas y a saber cuándo, según las situaciones, un modo de actuar resultará más adaptativo que otro.

 

También por obvio parece invisible que ser sólo masculino es convertirse en un peligro para uno mismo y para el resto del mundo.

 

Los periódicos no suelen decir: “un hombre ha asaltado un banco y ha asesinado a dos”. Normalmente, se omite la palabra “hombre” o bien, se reemplaza, por ejemplo, por la nacionalidad del sujeto (y se marca así a toda una población nacional como susceptible de ser  delictuosa). Sin embargo, sabemos que alrededor del 80% de los delitos –y el porcentaje crece cuando se trata de delitos violentos- lo cometen varones.

 

Durante toda la vida, los hombres están más expuestos a “accidentes” (mortales o no) a  causa de conductas de riesgo. Pareciera que se sienten impelidos a probar que son “tan hombres” que no sienten temor y a tener que apaciguar sus emociones recurriendo a acciones peligrosas más que hablando de ellas y pidiendo ayuda.

 

Desarrollarse de un modo ultra-femenino tampoco resulta nada saludable. Aunque afecte menos a terceras personas, la dependencia -de todo tipo- contenida en el concepto de feminidad, hace altamente vulnerables a muchas mujeres.

 

Los terribles eventos del 11-M debieran hacernos pensar en esto. Los terroristas más allá de cualquier otra categoría, han sido, como casi siempre, hombres. Y los hombres, estoy convencida, no son así por naturaleza, nacionalidad, raza o creencias religiosas, sino por aprender a ser hombres en el marco de un mundo que opone lo masculino a lo femenino. Las víctimas han sido todas: españolas y extranjeras, jóvenes y ancianas, hombres y mujeres… Sin embargo, algunas de estas víctimas vivas, sobrevivientes,  tienen más posibilidades de pedir apoyo, de buscar y encontrar estrategias sanadoras que les permitan incorporar esta experiencia  a su biografía de modo que sea  posible convertirla en un recuerdo triste del pasado.

 

Confío en que muchísimas de las víctimas cuenten a su haber con el desarrollo de lo que erróneamente llamamos “su lado femenino” y que no es más que una serie de características humanas muy necesarias ahora.

 

Es hora de que los hombres también se permitan llorar, hablar, pedir ayuda, reconocerse con miedo y vulnerables para que puedan sanar obviando las prohibiciones de actuar de modo “femenino”. Es hora de que las mujeres también puedan gritar su rabia, aceptar sus sentimientos de odio y deseos de venganza para, una vez reconocidas esas emociones prohibidas por “masculinas”, puedan manejarlas saludablemente.

 

Es hora de que nos permitamos ser personas y no parcelas cercenadas porque nuestra salud física y mental se juega en ello.

 

Flavia Limone Reina