Nuevamente el 8 de marzo, el día de la mujer trabajadora. Muchas veces he escuchado comentarios de alguna mujer quejándose al conocer el nombre completo de esta fecha-recordatorio: “¿Por qué <<Día de la mujer trabajadora>>, ¿qué ocurre con las que no trabajamos?” Lo curioso es que el comentario suele salir de boca de mujeres que sí trabajan, y mucho, aunque no sean remuneradas por ello. Mujeres que son las gerentes, cocineras, costureras, lavanderas, planchadoras, profesoras, etc. de su familia. 

 

Este día es una conmemoración en que se une el recuerdo de diversas trabajadoras muertas en distintos países (EEUU, Alemania, Rusia, etc.) al ejercer su derecho a huelga para mejorar sus condiciones laborales. Su historia es compleja y aún no está del todo clara. Sea como sea, recordar a las mujeres trabajadoras es recordar, en especial, a las que trabajan sin remuneración con jornadas interminables, sin vacaciones ni derecho a descanso. Es decir, a casi todas.

 

Queda, sin embargo, un grupo escaso y “privilegiado” de mujeres que “no necesitan trabajar”. Mujeres que, dadas las buenas remuneraciones de su pareja, eligen vivir de esos ingresos y administrar el trabajo que han de realizar las otras mujeres que contratan para este servicio. No hablo de aquellas que, por acuerdo de pareja, organizan la vida familiar por etapas y en que ellas no producen ingresos mientras estudian, se dedican a intentar desarrollar un arte, etc. Antes o después, la organización es la inversa. Me refiero a aquellas mujeres que optan por el proyecto de vida de ser “la Sra. de” y que son verdaderas “amas de casa” y no “trabajadoras de casa”. ¿Es este un día para celebrarlas también? Intuyo que no.

 

Hace algunos años, si me preguntaban qué opinaba de que una mujer optara por ser “ama de casa” yo solía responder que me parecía una opción legítima, que cada quién tiene derecho a decidir lo que quiere hacer con su vida y si esta era la elección de una mujer me parecía respetable. Hoy, sin atreverme a afirmar lo contrario, ya no sería tan taxativa. Tengo serias dudas. Hacer la elección de ser, de por vida, dependiente del trabajo de otra persona (en este caso la pareja) para comer, tener techo, vestirse, etc. es, creo, elegir ser un infante permanente.

 

Si una persona decide vivir sin trabajar puede hacerlo en tanto acepte las consecuencias de vivir en la precariedad más absoluta o porque es poseedora de medios recibidos de cualquier otro modo: herencias, un premio de lotería o lo que pueda imaginarse. Sin embargo, cargar el peso de la propia supervivencia en los hombros de otra persona no estoy segura de que fuera algo que se pudiera considerar un comportamiento adulto.

 

Si las mujeres hemos luchado, y seguimos luchando, por ser tratadas como iguales en oportunidades, costumbres y derechos, también adquirimos con eso el deber de cumplir con iguales obligaciones. Puede que haya obligaciones con las que no estemos de acuerdo en considerar como tales (el servicio militar puede ser un ejemplo), pero entonces luchamos contra ellas hombres y mujeres porque no nos parece un “deber humano”.

 

En el plano de las costumbres, las cosas resultan aún más complejas que en el de las leyes. Hasta donde sé no hay ninguna ley que afirme que una persona adulta sana debe ser capaz de auto-sostenerse para considerarse tal. Sin embargo, en el de las costumbres, pocas personas considerarían respetable a un hombre “adulto” sano que viviera de los ingresos de sus padres o su pareja sin otra razón que haberlo decidido así, aún si quien le mantiene está de acuerdo con este arreglo. Insisto, no me refiero a periodos puntuales de la vida en que este acuerdo es un medio y se pretende cambiar la situación más tarde, sino a elegir la dependencia económica como forma de vida. ¿Por qué parece menos inadecuado en una mujer?

 

Buena parte de la población está ya de acuerdo en que los hombres deben participar en las tareas domésticas, el cuidado mutuo y de menores. Es verdad que ocurre muy poco a juzgar por las estadísticas (y esta es una razón de que haya tantas mujeres haciendo dobles jornadas y  trabajadoras de casa frustradas por no poder hacer algo quizás hasta menos importante, pero más reconocido y remunerado). Sin embargo, nadie acusaría de intransigente a quien dijera que un hombre que no participa del cuidado de su hogar pudiendo hacerlo, es un machista. Me pregunto, entonces, por qué yo me siento intransigente si me atrevo siquiera a pensar que una mujer que carga a otra persona (sea su marido, su padre o su hermana) con su propia manutención, pudiendo hacerse cargo por sí misma, es abusadora y no adulta.

 

Aunque sigo sin tener claro qué respondería hoy a la pregunta de qué opino sobre una mujer que decide ser “ama de casa”, empiezo a creer que mi dificultad estriba en mi miedo a sentirme una intransigente.

 

En cuanto al trueque (valorado de manera muy poco equitativa) que se realiza entre la trabajadora de casa y el marido con trabajo remunerado, habré de dejar el comentario para otro artículo por su extensión y complejidad.

 

Flavia Limone Reina