Estas últimas semanas ha recobrado fuerza el debate acerca de la legalización de la prostitución. Se trata de un tema altamente conflictivo en que diversas voces se enfrentan y entrelazan llenas de pasión. Ni siquiera al interior de los grupos que intervienen en la discusión parece haber consenso.

 

Un asunto, al menos desde mi perspectiva, mínimo y elemental es escuchar las voces de las prostitutas. Y, si bien algunos medios informativos han permitido al público acercarse a sus perspectivas y opiniones, pareciera que siguen siendo intervenciones secundarias en relación a las de políticos, autoridades académicas y otras.

 

No es mi pretensión, por lo tanto, sumarme a las voces que se sienten autorizadas a plantear una verdad en torno a la adecuación de legalizar o no la prostitución, sino plantear cuestionamientos sobre uno de los argumentos más esgrimidos en relación al ejercicio de la misma: la explotación del cuerpo.

 

Es usual escuchar que las prostitutas venden su cuerpo y es esto lo que se dirime como aceptable o no. Detrás de este argumento tan “racional”, por supuesto, hay muchos elementos afectivos, morales y normativos que no siempre se hacen explícitos. Aún así, el aspecto argumentativo y lógico de esa afirmación es, cuanto menos, sesgado.

 

Si “vender el propio cuerpo” fuera la cuestión de fondo, entonces, muchos (¿quizás todos?) los trabajos podrían ser objeto del debate legal/ilegal. ¿Quién no trabaja vendiendo su cuerpo? ¿No “vende su cuerpo” el obrero de la construcción que carga pesados elementos, camina en vigas a muchos metros de altura y se arriesga diariamente a morir o a tener accidentes? ¿No lo hace la secretaria que pasa horas frente a un ordenador arriesgándose a padecer, con el tiempo, dolores en las manos por daños al nervio metacarpiano y lumbalgias? ¿No vende el cuerpo el minero que llena sus pulmones de elementos tóxicos y que puede quedar atrapado en un desprendimiento de tierra? ¿y el estibador que levanta cargas, y la auxiliar doméstica que friega con la espalda doblada muchas horas, y…? Bien, no ejercen sus trabajos en la desnudez de sus cuerpos. ¿Ese es el punto? ¿O se trata más bien de que el contacto con otro cuerpo, otra persona, es más agresivo que el contacto con un objeto o una máquina?

 

Quien trabaja con objetos lo hace también para una persona (o personas) detrás de ese objeto, para que otros y otras lucren o disfruten usando menos su propio cuerpo. Si el problema es la relación física o psicológica abusiva posible entre quien vende y quien compra, la solución no parece ser proscribir la actividad, sino regular su ejecución para disminuir las posibilidades de abuso y permitir la denuncia de un trato que resultaría delito.

 

Lo que, en buena medida,  enreda este debate sobre legalizar o no la prostitución tiene mucho que ver con nuestra cultura judeo-cristiana que separa cuerpo/mente, que nos dicotomiza y hace del cuerpo un elemento con características de tabú. Por un lado demasiado cercano a  lo animal, mundano y “cárcel del espíritu”, opuesto a lo que de verdad vale y somos: “lo interior”. Pero, por otro, el cuerpo, como contenedor de esto espiritual y, por tanto,  sagrado, noble, templo. Es más, me parece que hacemos un razonamiento metonímico (tomando una parte por el todo). Cuando se habla del cuerpo en temas relacionados con la prostitución, el cuerpo “es” los genitales. Como si la espalda, las manos, los hombros, los pulmones, no fueran cuerpo y ni siquiera notáramos que los vendemos cuando trabajamos.

 

Es nuestra relación ambigua con la sexualidad la que genera muchas de las dificultades en este debate: lo animal en nosotros, lo trascendente en un acto sexual entre personas, un “acto de amor”.

 

Cuerpo y sexo, sexo y reproducción, sexo y amor, sexo y placer, sexo y género… porque cada vez son más los hombres que se dedican también a esta actividad, pero no es sólo su menor número sino también los concepto de “lo masculino” y “lo femenino” que se activan en nuestras reacciones frente al tema. Lo que hace y no hace una “buena mujer”.

 

La esclavitud y la explotación son problemas graves en cualquier actividad; en este tema, la situación de la prostituta, lo grave es que, obligada por otras personas, haga lo que no desearía hacer para mantenerse viva. Otro análisis merece la situación de aquella mujer que, dentro de escasas –o no- posibilidades, escoge ejercer la prostitución. Todas y todos doblegamos nuestra voluntad en múltiples ocasiones para conseguir algo que valoramos más que hacer lo que deseamos (vamos al dentista aunque nos causará dolor porque nos evitará males peores, hacemos dietas aunque quisiéramos comer porque nos parece más importante adelgazar, etc.); esta valoración es personal y merece respeto. Sin embargo, es muy diferente que otra persona dirija la propia voluntad por extorsión, amenaza o violencia.

 

No se deben confundir ambas situaciones, aunque la distinción no siempre sea sencilla.

 

Sólo si intentamos descubrir y analizar nuestras creencias y normas culturales antes de declararlas “verdades” podrá haber un debate fructífero en relación a la prostitución que nos permita escuchar a las prostitutas desde el respeto en lugar de la arrogancia paternalista.

 

Flavia Limone Reina