Agradeciendo que El Hispano me haya  invitado, me pregunto qué -y cómo- puedo compartir con sus lectoras y lectores de lo que siento como “lo mío”: investigar e invitar a  reflexionar acerca de qué se entiende por ser “hombre” y ser “mujer”,  del sexo y  de las relaciones afectivas entre personas.  Otro reto es cómo centrarme en lo que puedan tener de particular estos temas entre nosotr@s, inmigrantes de América latina en Catalunya. Esto implica suponer que tuviéramos una especie de “forma de ser” común, una homogeneidad que se nos atribuye, pero que sabemos que no es tal.

 

Una de las experiencias que suelo encontrar en Fundación Morín, donde participo como voluntaria en la atención psicoterapéutica de mujeres y parejas (en su mayoría inmigrantes latinoamericanas) es la dificultad de relacionarse como pareja con un nacional o nacionalizado. Las mujeres de Hispanoamérica que han llegado a Catalunya  y  han conocido hombres aquí, sufren, con bastante frecuencia, la desigualdad de poder casi universal de ser mujeres en un mundo hecho para y por los hombres. Sin embargo, su calidad de inmigrantes suma a ello el no tener trabajo o tenerlo con bajo salario y aparecer como económicamente dependientes (aún si ellos tampoco tienen grandes ingresos) de estos hombres a quienes aman. Al asociarse inmigración con pobreza y pobreza con bajo nivel de estudios, suelen encontrarse con que se les suponga “ignorantes” y, como coralario, prácticamente “tontas, aunque sensuales y cariñosas”. En muchas ocasiones, están solas y sin vínculos afectivos en este país y, por ello, son vulnerables a dependencias afectivas. Muchas de ellas están  en situación de irregularidad legal, por lo que la credibilidad de sus sentimientos se ve afectada por la sombra de la duda: “¿me quiere o quiere el pasaporte a la nacionalidad española que yo puedo llegar a ser si me casara con ella?”.

 

El daño que estos prejuicios pueden hacer a las relaciones (y a las personas involucradas) es demoledor. Ninguna relación afectiva, ni menos la amorosa, puede funcionar si en su base no se encuentran el respeto y la confianza. Para amar, es necesario abrirse de un modo en que quien ama queda expuest@, apt@ para recibir todo “lo hermoso y bueno” que la persona amada puede dar y que se recibe amplificado por la experiencia amorosa. Por lo mismo, quien ama también se expone a “lo feo y lo malo” amplificado y al daño que, voluntaria o involuntariamente, la  persona amada pueda causarle. Esta apertura es imposible si no se confía en la pareja.

 

Cuidado, cuando digo confiar no hablo de ceguera, no digo dejar que la pareja no sea tal (par, igual) y se convierta en alguien a quién le está permitido abusarnos. Cuando digo confiar, digo creer en nuestra capacidad de provocar amor y en la honestidad de quién dice amarnos. Honestidad que sólo será puesta en duda si a ello nos emplazan las experiencias y luego de  la comunicación que permite explicar y comprender las causas de lo que se ha vivido como doloroso. Y comprender tampoco es  justificar. Si vivimos una relación como desequilibrada, como injusta, entonces tendremos que intentar cambiarla… como pareja, ambas partes. Si eso no es posible habremos de enfrentar el fin de la relación.

 

El problema en cuestión aquí es que los prejuicios, esas ideas que ya estaban ahí antes de que la compañera o el compañero entrara en nuestra vida, nos impiden comprenderle, distorsionan la relación.

 

La autoestima de estas latinoamericanas que he visto en consulta estaba ya mermada al sentirse nadie en España, al tener que enfrentar un cambio terrible de su auto-percepción. La mujer que dejaron en su país: trabajadora (muchas veces profesional), con amistades, miembro de una red social en que tenía un lugar, ha cedido espacio a la que empezaron a sentir que eran aquí: una sombra, un ser desdibujado que no cabe en ningún sitio y que en cualquiera siente la necesidad de agradecer que la reciban como si le hicieran el favor de verla porque se ha acostumbrado a ser invisible (o peor, una paria).

 

Entre la desconfianza hacia los sentimientos de la inmigrante por parte del compañero, la merma en su autoestima y todo el contexto de desigualdad en que se halla como mujer y como inmigrante irregular, la mesa está servida para situaciones de abuso y malos tratos que dejarán huella en ella aún si, mediante terapia, se produce un cambio en  la relación o consigue ponerle fin.

 

De sobra está decir que este análisis no trata de una condena, pero sí una probabilidad seria de que las relaciones discurran de este modo.  Tampoco implica que los hombres latinoamericanos no conozcan dificultades similares, aunque, generalmente,  experimentadas de otras formas.

 

Este fenómeno requiere prevención ocupándonos no sólo de la autoestima de las inmigrantes, sino de su situación global. El problema no es sólo personal sino también social porque la autoestima dañada es, al menos en parte,  producto del contexto de desigualdad en que estas mujeres están insertas.

 

Flavia Limone Reina