Flavia Limone Reina

Sexóloga/Terapeuta de pareja

www.sexoygenero.org

 

 

Jornada: Sexualidades transgresoras. Xarxa feminsta

18 octubre 2008

Sexualidad femenina v/s sexualidad masculina: una trampa peligrosa

 

La sexualidad humana (como todo comportamiento humano, por cierto) es especialmente compleja y particular.  Cualquiera de nosotras puede recordar haber leído alguna explicación, justificación, calificación de “normal” o “anormal”, etc. respecto dicha sexualidad, basada en ejemplos de otros mamíferos. No se trata de que no haya base para esas argumentaciones. Son, simplemente,  insuficientes y tomarlas por adecuadas nos deja parcialmente ciegas a la comprensión y, lo que es peor, nos puede producir la sensación de “ya tenemos la respuesta” cerrándonos a la observación crítica y a nuevas preguntas.

 

Los seres humanos somos parte del reino animal, somos mamíferos, sí, pero somos también seres sociales, culturales.  Esto es, no somos sencillamente gregarios, no andamos simplemente en manadas, sino nos convertimos en humanos, en personas, a través de las interacciones constantes con otras personas. Lo que cada quién está siendo aquí y ahora, está profundamente marcado por las interacciones con otras personas. No respondemos a un sistema de estímulo – respuesta en el que esas respuestas están determinadas por instintos y simple imitación. Los seres humanos somos capaces de interpretar, de imaginar y crear, y de regular no sólo el cómo comportarnos sino, incluso, lo que sentimos. Con a esta capacidad nos hemos dotado de un complejo sistema de ideologías, valores y emociones que interactúan entre sí y nos proporcionan un marco para dar sentido a la experiencia.

 

Nuestra sexualidad, por tanto, no es ajena a esto. Se desarrolla dentro de uno de nuestros múltiples sistemas socio políticos, el sistema sexo-género patriarcal (en adelante s.s-g).  De acuerdo a Rubin (1975)[1], el s.s-g es “el conjunto de disposiciones por el que una sociedad transforma la sexualidad biológica en productos de la actividad humana, y en el cual se satisfacen todas esas necesidades humanas transformadas”. Es decir, es el sistema por el cual lo que en los animales es pura biología e instinto,  en los humanos existe de manera social, mitigando instintos y dando lugar a convenciones que se aprenden, nos permiten convertirnos en humanos y parte de la sociedad. Cada un@ de nosotr@s, sea que lo sepa o no, reproduce y altera este sistema en su comportamiento cotidiano; nuestro hacer personal es político.

 

En el s.s-g. nuestra sexualidad se conforma, llega a existir, la normamos, le damos reglas y, muy importante, aprendemos a vivirla como si fuera esencial, parte de lo que somos “por naturaleza” e imposible de modificar y no tuviera nada que ver con lo cultural.

 

El s.s-g más extendido, el hegemónico, es el patriarcal; en este sistema se desarrolla nuestra sexualidad. Este define sólo dos clases de seres humanos: los hombres y las mujeres. Estas dos categorías humanas, hombre  o mujer, se plantean entre sí como dicotómicas y polares, es decir o lo uno o lo otro sin intermedios posibles. También se suponen complementarias: cada categoría completa a la otra, ofrece aquello de lo que la otra carece para hacer un todo, como si fueran piezas de un rompecabezas en dos partes, encajan perfecto y hacen algo más completo. Pero son, además, jerárquicas, es decir una de ellas es más valiosa que la otra lo que implica que un hombre sin mujer como compañera de vida es menos incompleto (en la complementaridad) que una mujer sin compañero. En este sistema se asume que ambas categorías sociales (hombres y mujeres) son internamente homogéneas (“todos los hombres son iguales”; “todas las mujeres son idénticas”) y, como decía, polares, complementarias y jerárquicas entre sí. De esta manera, la diversidad personal se niega, se convierte en diferencia entre categorías y esta diferencia se hace desigualdad.

 

Nuestra sexualidad queda por tanto, definida dentro de este marco, no como una sexualidad personal, particular, respetada en sus posibilidades y coherente con una ética personal. Es una sexualidad de mujer o de hombre, “normal” o “anormal” de acuerdo a lo definido para cada categoría y miembro de dicha categoría.

 

¿Pero de qué hablamos cuando decimos “sexualidad” (humana)? Con ella nos referimos especialmente al uso del cuerpo como fuente de placer y solemos considerar como punto máximo el orgasmo. Se trata de comportamientos orientados a ese placer ya sea en solitario o con compañía.

 

La sexualidad humana es la de seres que se saben sexuados, seres con conciencia de deseos, conductas, pensamientos sexuales y que saben cómo se supone que debe ser su sexualidad. Esta conciencia produce y es producida por una “identidad sexual”; nuestra sexualidad está ligada a lo que sentimos que es definitorio de lo que somos porque desde nuestro nacimiento lo primero que se ha dicho de nosotras es que somos “niña” (o niño). Por lo mismo, este vivir el cuerpo como fuente de placer, esta sexualidad, está construida con nociones propias de nuestra cultura, la patriarcal; nociones de sexo (soy macho/soy hembra), género (soy masculino/soy femenina) y orientación del deseo (soy heterosexual/soy homosexual).

 

Lo que aprendemos como “normalidad” en el sistema s-g patriarcal y que, como decía, creemos que es natural, es que hay una cadena de tres elementos ligados por causa y consecuencia en que, del primero, se derivan los otros dos. Estos son: el sexo, el género y la orientación del deseo sexual.

 

El sexo refiere a si somos machos o hembras. Sólo es posible, de acuerdo a este sistema, ser macho o hembra. Y esto se determina al momento de nacer un bebé mirando sus genitales: si hay un pene es un macho (un niño), si hay una vulva se trata de una hembra (una niña). ¿Qué pasa si eso no resulta tan claro? ¿Si hay una vulva con un clítoris “grande”?, ¿si hay algo que no encaja en esta visión dicotómica? Se ha determinado que el sexo depende de los cromosomas sexuales (XX en las hembras; XY en los machos); de las hormonas (mayor presencia, aunque no exclusiva, de andrógenos en los machos –testosterona- y mayor presencia de hormonas femeninas, aunque no exclusiva, en las hembras –estrógenos y progesterona-) y de las gónadas (testículos en los machos, ovarios en las hembras). Por tanto, ante una situación “poco clara”, l@s médic@s se ponen manos a la obra, hacen las pruebas que consideran pertinentes y deciden si están frente a un niño a una niña y, por supuesto, qué medidas tomar para “normalizar” aquello que hizo que fuera tan difícil clasificar este bebé. El objetivo es que se desarrolle hasta un adulto aparentemente reproductivo que no muestre discordancias con la clasificación en sólo dos categorías. (Este proceso, por cierto, no se reduce a una intervención quirúrgica sino a múltiples agresiones durante todo el desarrollo, controles médicos, uso de aparatos, intervenciones repetidas, etc.)

 

Si en lugar de dos polos opuestos, complementarios y jerárquicos, viéramos una línea continua, podríamos aceptar que, desde “el primo zumosol” a la “chica danone” hay una gran diversidad corporal: que existen penes pequeños, clítoris grandes; hombres con mamas bastante más desarrolladas que las de algunas mujeres, mujeres muy velludas (todas, seguramente más de lo que aparentamos en las playas) y hombres lampiños y miles de formas corporales diversas. Válidas, naturales, que no requieren correcciones porque no causan dolor ni daño alguno a quién es ese cuerpo. Sin embargo, actuamos como si sólo hubiera dos formas posibles de cuerpos adultos (que las personas jóvenes desean ya y las mayores recuerdan con nostalgia) y cualquier otra fuera anómala. Desde aquellas “pequeñas anomalías” que hoy, cada vez con más frecuencia corrige la cirugía estética a quién puede pagarla hasta las intervenciones a bebés que las sufren “por su bien” y “su normalización” y que no han podido escogerlas, hacemos todo lo posible para que los cuerpos encajen en lo que se nos ha hecho sentir que debe ser un cuerpo de mujer o uno de hombre.

 

¿No es posible que las personas intersexuales no sean una anormalidad de la naturaleza, sino que el s.s-g patriarcal nos divida artificialmente en dos categorías idealizadas, estereotipadas y tod@s suframos al no permanecer en ellas (si alguna vez tuvimos la suerte de tocarlas de paso)?. Mientras más al centro de este continuo negado por el sistema, mientras más lejos de un extremo macho o hembra, más “raro” y menos aceptad@ serás en tanto el s.s-g patriarcal no sea puesto en juicio en lugar de serlo las personas.

 

En resumen, sexo, en el s.s-g patriarcal refiere a las características biológicas que nos califican como machos o hembras. No sólo a los “caracteres sexuales primarios”, la apariencia genital, sino, también a los secundarios, los que se desarrollan en la pubertad.

 

La denuncia y el tremendo esfuerzo de colectivos intersexuales está comenzando a abrir una brecha que no sólo depende de ellos, sino también de nuestra capacidad para resistir frente a los estereotipos corporales de hombre y mujer.

 

Si “sexo” refiere a esta construcción de categorías basadas en la biología (fisiología y química) de los cuerpos, es decir, a ser macho o hembra; género refiere a aspectos sociales, a lo que conocemos como ser “masculino” o “femenino”. Refiere a formas de comportamiento que se entienden como típicamente de hombres o típicamente de mujeres. Pero es eso, típicamente, tradicionalmente, convencionalmente y, otra vez, se actúa y se funciona como si sólo se pudiera ser femenino o masculino, como si las personas tuviéramos sólo una posibilidad de comportamiento. Por poner sólo un ejemplo, la idea de que lo masculino es ser asertivo, incluso agresivo y, lo femenino, complaciente y dulce. Una “chica dura” “fría” “muy racional” o un chico “dulce, débil, amoroso y suave”, según el s.s-g patriarcal son…  sospechos@s.

 

Algunas corrientes del movimiento feminista (así como sus predecesores) han promovido cambios en esta visión. Sin embargo, aún queda mucho camino por recorrer hasta la aceptación de que todas las características humanas son tal cosa, humanas y no  exclusivas de un género, aunque no todas estas características sean igual de deseables para conformar sociedades justas en que la vida sea gratificante para cada miembr@ de ellas.

 

En cuanto al tercer elemento, el s.s-g patriarcal admite sólo una orientación de deseo sexual: heterosexual. La atracción física y el deseo homosexual aparecen como otra desviación, más o menos tolerable, más o menos aceptable, pero, parafraseando a Mauro Cabral (él se refería a la imposibilidad del deseo de tener un bebé intersex[2]), todavía no se puede concebir el deseo de ser (o tener un hijo o una hija) homosexual…  es obvio que todavía aparece como indeseable, como desviado. (Por cierto, aquí hay un asunto muy interesante de pensar como “ética del deseo”. Hasta hace relativamente poco no cabía la pregunta ahora usual, frente a futuras madres y padres de “¿qué quieres que sea tu bebé, niño o niña?” simplemente, se esperaba que, al menos el primer hijo fuera eso, hijo, varón. El poder desear una hija es un elemento a pensar como probable índice de nuestra mejora en la posición social).

 

Regresando a la orientación del deseo, las personas bisexuales también aparecen como sospechosas o raras, “indecisas”, como si hubiera, necesariamente amar y desear sólo a personas pertenecientes a una categoría de seres humanos. Fuera de toda categoría aceptable, ya ni siquiera “tolerables”, hay otras formas de deseo que en tanto no se  conviertan en acciones que vulneren los derechos de otr@s y no se vivan personalmente como limitantes no tendrían por qué ser cuestionadas y sin embargo, lo son (muchas de ellas aparecen en el DSM como “parafilias”).

 

 Como somos nosotr@s mism@s quienes podemos subvertir el sistema, esto está cambiando, lentamente, gracias a los esfuerzos de los colectivos implicados. 

 

Hasta ahora he insistido en mostrar la polaridad y complementaridad, pero recordemos que aún hay más; el sistema es jerárquico, así que ser macho es más valioso que ser hembra. Ser masculino, más que ser femenino y ser hetero, indudablemente, más que mostrar cualquier otra orientación de deseo sexual. El sistema patriarcal es una joya de centrífuga que crea seres marginales a la par que crea seres, así, en absoluto.

 

Por otra parte, estos tres elementos que ahora analizamos por separado, el s.s/g los ha creado como una cadena, como si cada uno fuera causa del siguiente, por tanto, si eres macho, se supone que has de ser masculino y heterosexual. Si eres hembra, te ha tocado ser, digamos “persona de segunda”, pero, de cualquier modo, has de ser femenina y heterosexual. Sólo dos opciones válidas (y una más válida que la otra): macho/masculino que desea mujeres; hembra/femenina que desea (o ama, se nos supone más románticas que deseantes) a hombres.

 

Resulta que, como el sistema depende de nosotr@s y nuestros actos, la cadena puede romperse porque las personas somos más complejas que toda esta reducción. Muchas veces se rompe, mostrando que no hay tal causa-consecuencia. Así, por poner un ejemplo, una hembra humana puede tener muchos comportamientos calificados de masculinos según el sistema y, entonces, a fuerza de ideología patriarcal, la cadena de causa consecuencia nos hace suponer que ese hombre es lesbiana… lo cual, muchas veces no es el caso (y, a  la inversa, suponer que una hiperfemenina es hetero, lo cual tampoco es necesariamente así). O bien, si un hombre, por usar otro ejemplo que no suele entenderse, se siente en el cuerpo errado, se hormoniza, se opera y se convierte en una mujer (transexual de  mujer a hombre, transexual femenino), se supone que será femenina en sus comportamientos y que será heterosexual… y resulta que hay de estas “nuevas mujeres” que son lesbianas. Dado que se confunde categoría de sexo con subjetividad de género y esta con orientación del deseo y existe el convencimiento de que una da origen a la otra, hay quién se queda confus@ preguntándose: ¿y para qué se operó para ser mujer si le gustan las mujeres? ¡Se operó porque se siente mujer, porque rechazaba su cuerpo de macho y, probablemente, su posición masculina en el mundo! Sin embargo, eso no tiene nada que ver con su orientación de deseo sexual.

 

La “sexuación”, el ser “sexuados” es un constructo del s.s-g. Tomaré palabras de Joan Vendrell Ferré para explicarlo: “La ciencia nos dice que nuestra especie se reproduce <<sexualmente>>, en lugar de hacerlo por simple partogénesis, lo cual implica que venimos provistos de todo lo necesario para reproducirnos de esta forma. ¿Nos convierte eso, de por sí,  en seres sexuales? En absoluto. Para empezar, la noción misma de algo así como un <<ser sexual>> necesita, como cualquier otra noción, ser concebida humanamente, es decir, culturalmente.” (Vendrell Ferré, 2003:21)[3]. Dado que esta sexuación (convertirnos en seres sexuales) es propia de la cultura asentada en el s.s-g patriarcal, sólo nos son reconocidas las opciones ya mencionadas (macho/hembra; masculino/femenino; hetero/homo). Por tanto, un sexo inter o uno en transición (transexual), por ejemplo; un género bi-generado, de-generado, andrógino, ginándrico, etc.; una orientación del deseo bisexual, asexual –ausente- o hacia otros objetos (fetichismos, por ejemplo) aparecen como “trastornos de la sexualidad”. Cabe decir, además, que estos “trastornos” aparecen prácticamente como “monstruosidades” sin afectar el que los segundos elementos de cada par de dicotomías patriarcales (hembra, femenino, homosexual) sean experimentados como desviaciones “toleradas”, “necesarias”, “inevitables” de la norma (que se corresponde a los primeros elementos de cada dicotomía).

 

Hablamos del comportamiento que hace del cuerpo una fuente de placer, pero este cuerpo no es neutro, no es simplemente un cuerpo, es, por poner un ejemplo “ajustado a las posibilidades de la norma” un cuerpo hembra, de movimientos y atuendo femenino, que desea a un hombre (y sólo a uno).

¿Quién puede sostener esto durante toda la vida? Ni siquiera aquella mujer (por seguir con el ejemplo) que ha nacido hembra, con capacidad reproductiva, que es vista y se ve como femenina y que tiene por pareja a un hombre que ama con el que tiene encuentros sexuales en posición del misionero permanecerá (o habrá permanecido) toda la vida ajustada a la “sexualidad adecuada al s.s-g” porque esta sexualidad es puramente reproductiva. Pequeñas transgresiones como sentir deseo o fantasear con algo diferente; comportarse más activa en el encuentro sexual y tomar la iniciativa; cambios en su cuerpo que la hacen “menos hembra” a sus ojos y los de otras personas (por edad, por enfermedades que requieren cirugías, etc.) y todo aquello que podáis imaginar, altera esa sexualidad vaga e idealizada que no existe más que en la, siempre implícita, sexualidad patriarcal. Una sexualidad que, como nos dice Victoria Sau: “ (…) como tal no existe en el patriarcado (…) Precisamente por basarse el patriarcado en al represión de la sexualidad femenina, no ha podido dar un modelo de sexualidad como tal  sino de actos sexuales determinados cuya finalidad es la procreación”  (Sau, 2000: 260)[4].

Es decir, prácticamente no hay manera de evitar una “sexualidad transgresora” puesto que la propia sexualidad más allá del mero acto orientado a la reproducción resulta una transgresión, una resistencia, un quiebre en el sistema. Soy consciente de que dicho así parece absurdo, de que cualquiera podría decir que “las cosas han cambiado”, que “esto corresponde al pasado”. Sin embargo, no es necesario irse lejos en el tiempo o en el espacio (a esas geografías que suelen considerarse “atrasadas”, introduciendo en el espacio la mirada del tiempo desde el espacio y el tiempo del hablante). Es cierto que ya nadie o casi nadie (hay excepciones entre fundamentalistas de diversas religiones) defendería la idea de que la sexualidad está puesta al servicio de la reproducción y sólo es respetable en el marco del matrimonio. Sin embargo, el margen se ha ampliado a las relaciones justificadas por el amor o, un poco más amplio, bajo la idea de “es una necesidad biológica”, pero para satisfacerla, excluyendo el amor, sólo los hombres (macho/masculino/hetero) tienen salvoconducto en la masturbación y la prostitución. Como todas sabemos, las mujeres hablan con la boca chiquita de masturbación, en espacios muy íntimos y de confianza (muchas no lo hacen nunca, con nadie y algunas ni se permiten la práctica) y son muy pocas las consumidoras de prostitución.

 

 Está claro que “las cosas están cambiando” gracias, justamente, a las transgresiones y resistencias de quienes no tienen modo de justificar sus sexualidades en la reproducción, de “l@s desviad@s” y “l@s monstruos”. Está empezando a construirse una nueva mirada y, por tanto, nuevas posibilidades en la sexualidad humana. Sin embargo, estar en un camino nuevo no significa haber alcanzado un nuevo estadio. Hoy coexisten deseos y experiencias contradictorias:

 

-         las cirugías para “normalizar” el cuerpo de un bebé recién nacido intersexual con madres y padres que se niegan a realizarla y que se orientan a través de grupos intersexuales organizados para resistir las presiones del medio

 

-          las cirugías estéticas de mujeres para “hembrizarse” aún más (poníendose silicona en las mamas, para dar un solo ejemplo) o “machilizarse” los hombres (alargando el pene), mientras las personas trans buscan acercar su cuerpo a la norma opuesta a la que la biología les otorgó y la cultura significó.

 

-         las personas que llegan a consulta queriendo, desesperadamente, definir su orientación de deseo sexual mientras coexisten con aquellas que se definen como bisexuales o aún más, como polideseantes.

 

-         hay mujeres y hombres en la búsqueda constante de ser hiperfemeninas e hipermasculinos junto con personas que muestran y exponen sus divergencias actuando de manera “masculina” o “femenina” en diferentes aspectos de su vida hasta las que se definen como queer (“rarit@s”) y lo marcan con su estética y su comportamiento.

 

Esta coexistencia de experiencias que parecen situarse unas en las antípodas de otras, evidencia que estamos en movimiento, en cambio, pero no que hayamos encontrado una nueva situación, que hayamos construido un nuevo sistema sexo-género más flexible y abierto a la diversidad.

 

Si cada un@ se examina a sí mism@ con detenimiento, si rememora su propia historia vital, podrá reconocer en su cuerpo, en sus conductas y sentimientos, en sus múltiples deseos sexuales, que no calza perfectamente en el perfil de mujer (o de hombre). ¿Es aceptable vivir eso como un problema personal que debe ser resuelto? ¿Tiene sentido que nos llenemos de sentimientos de inadecuación que nos torturan? Lo tiene, si queremos, mantener este sistema s-g patriarcal. Si no queremos, si queremos empezar a implementar uno diferente, que acepte la complejidad y diversidad humana es hora de cuando hablamos de la tan mentada y respetada “biodiversidad” entendamos que también ocurre al interior de la especie humana, que ocurre al interior de mí misma y que eso merece ser celebrado, no temido, rechazado y hostigado. Hace falta que seamos capaces de poner en tela de juicio aquello que hemos aprendido como una verdad científica: que los seres humanos podemos y debemos ser clasificados en dos bloques

 

Voy a hacer mía una frase de Rafael Reig en el periódico “Público” hace relativamente poco porque logró decir en muchas menos palabras lo que yo explico necesitando muchas más: “Yo no quiero una vida normal (ni siquiera en el cama), yo quiero una vida propia”.

 

Sábado 18 de octubre de 2008. Centre de Cultura de Dones Francesca Bonnemaison. Barcelona

 

 

 

 

 



[1] Rubin, Gayle (1975), “El tráfico de mujeres: notas sobre la <<economía política>> del sexo” en Lamas, M., (comp.), El género. La construcción cultural de la diferencia sexual. México, D.F. UNAM, PUEG, 2003, pp 35-96

 

[2] Intervención vía conexión Internet de Mauro Cabral en el Seminario Intersecciones disciplinares y producción de cuerpos sexuados: conocimientos y cuerpos diaspóricos. UIMP, Valencia 29 de septiembre al 2 de octubre 2008. Directoras: Hurtado García, Inmaculada; Gregori Flor, Nuria y García Dauder, Silvia.

[3] Vendrell Ferré, Del cuerpo sin atributos al sujeto sexual: sobre la construcción social de los <<seres sexuales>> en Gush, O y Viñuales, O (2003) Sexualidades. Diversidad y  Control social, Bellaterra, España.

[4] Sau, Victoria (2000), Diccionario ideológico feminista. Vol. I. Icaria, Barcelona